| OCHO |
Estimado neno,
Cómo vamos? Me cuentan que llevas unos días petado de trabajo, eso es bueno, así, cuando hagas la media anual ya te saldrá una hora diaria, pero para eso tienes que mantener el ritmo de aquí a final de año (golpe de riñón, que dicen los ciclistas).
Yo tengo cosas que contarte, he estado otra vez de viaje, esta vez tocó Francia. Francia es un país que está en Europa (donde raptan chicas durante diez años, son vegetarianos, se acuestan pronto, no tienen persianas, hacen competiciones absurdas en navidad y tienen una conexión a internet rápida de verdad). Baste para definirlos el que les gusta Almodóvar. Con eso te lo digo todo. Lo que sí es cierto, es que, no sé si es por influencia de años tragándome el Tour, pero vestidas de azafatas, las francesas están todas muy bien.
El caso es que hicimos Madrid-Toulouse (no sé si te comenté alguna vez lo malo que soy para saber cuando algo va con dos eses e historias de ésas. Eso y jugar al golf, algún día te contaré divertidas anécdotas con palos de golf, bolas intactas y coches con lunas nuevas). De la ciudad esa nos fuimos en coche a Nimes, nuestro objetivo real. Íbamos cuatro personas a rodar un anuncio para la tele francesa (el día que yo te cuente...). Tras una bronca con la de los coches de alquiler (mayormente porque ella era idiota y yo tenía los oídos taponados por el avión y oía menos que un plato), descubrí que en Francia se puede ir a 130 por hora, diez más que aquí. También descubrí que casi todos los radares en vez de sacarte la foto de espaldas te la sacan de frente (de hecho, desde que volví le obligo al cartero a decir “rico Rissotto en Roma”, que me temo una multita y quiero ver si lo cojo por el acento).
El anuncio lo rodamos en el Coliseo romano de Nimes, que es la pera (que expresión más abofeteable, por dios). El resto del equipo estaba en lo alto de la grada y yo en la arena. En un momento tuve que subir y descubrí que a los gladiadores los cansaban haciendo subir las escaleritas de marras. Casi echo el bofe. Cuando llegué arriba resulta que lo que querían decirme era que tenía que decirle una cosa a un paisano que había allí y se nos metía en el plano (yo creo que lo hicieron para vacilarme).
Nos llamó la atención que estuviera todo el mundo con un móvil sentado en las gradas (en los tendidos, más concretamente). Nuestro cámara pensaba que era el único sitio donde tenía había cobertura en toda la ciudad. Después descubrimos que eran audioguías de esas para gente que quiere saber más de lo que sus ojos le enseñan (lo que yo te diga: franceses).
Yo de francés, como sabes, sé lo mismo que de fondos de inversión, y cuando las cartas de los restaurantes no llevan foto no vale lo de señalar con el dedo. Nuestro traductor no era el más hábil del mundo, de hecho me pedí de postre un zumo de frutas variadas, según él. Al final me pusieron un par de crepes con mermelada de cáscara de naranja. Creo que le llaman confiture d'oranges de merde (lo aprendí mientras me lavaba los dientes con jabón de manos, solté tantas pompas que parecía que estaba poseído).
A pesar de no tener ni flores del idioma de Marlene Mourreau (cada uno tiene los referentes que tiene, chaval), dirigí a nuestro actor (que era muy majo) en francés (él no hablaba ni inglés ni español). Mis indicaciones de “an, de, truá” surtieron efecto y por unos momentos, gritando “action” (léase con acento francés) y dando indicaciones me sentía como Truffaut.
Tras toda esta paliza (el periplo en tres días fue Cantabria-Madriz-Cuenca-Madriz-Toulouse-Nimes-Toulouse-Madriz), llegué moribundo pero me fui a tomar una copa al Segundo Jazz (gran garito). En un momento en la barra, mientras alguien me hablaba de la tiroides, la hernia entre la tercera y la cuarta lumbar, decidí que tenía que cambiar mi vida, así que me fui a dormir y soñé con análisis de orina y mucosas. Lo pasé peor que el día que se me pegó una canción de Marta Sánchez (suerte que la ambulancia llegó a tiempo, que si no, Rouco Varela se niega a que me entierren en campo santo, cual Ofelia).
En Madriz hace mucho calor en esta época del año, del que yo intento escaquearme, a poder ser, al norte. Mi piso es pequeño, así que no corre mucho viento. El otro día abrí todas las ventanas (una y la puerta del balcón). Como seguía sin correr nada de aire, abrí las puertas, incluida la de la calle. Como ni por ésas, opté por salir al rellano y abrir la del ascensor, a ver si así. En ese momento apareció una vecina que pasaba por allí y me dijo, mirada perpleja de por medio, que, si yo tenía calor, no le importaba que abriera la puerta de casa, pero que por lo menos me pusiera una camiseta, o unos calzoncillos como mínimo. Cerré los ojos y le pregunté de qué color los tenía, o es que me miraba a otro sitio. Cuando los volví a abrir estaba en un hospital con múltiples contusiones, algunas muy dolorosas. Me quitaron dos bolsas de la compra del estómago, y ni siquiera las había vaciado la tía (¿para que quiero yo ahora seis latas de Coca-Cola light sin cafeína?).
En mi convalecencia me dedico a ver pelis. Ahora ya sé quién es Bonnie y quién es Clyde, aunque conociéndome es probable que cuando leas esto ya se me haya olvidado. Si lo quieres saber te tragas tú la peli chaval. Sólo te digo que ella se volvía muy receptiva cuando él sacaba el arma (la pistola, por dios! Que piensas en sexo cada siete segundos). Ella con la boina está muy guapa, pero viendo cómo eran los poemas que escribía, no me extraña que atracara bancos. Me gustó una frase que decía un policía que se negaba a cruzar un límite fronterizo: “No quiero arriesgar mi vida por Oklahoma”.
En fin chaval, voy a seguir estudiando como revertir los efectos de la lejía en un mantel azul. Te preguntaría, pero ú todo lo que no sean manchas de vino...
Saluda a éste y al otro y escucha el último de Triana que está muy bien, además, son de los setenta, cuando te empezaban a salir las canas a ti. En breve te cuento qué tal el fin de semana con mi colega Emilio, que está anunciado por estos lares como guest star.
Un abrazo shaval.
Dani Rocha (que lo es)