| DIEZ |
Hola neno,
Estoy en Francia, en una gasolinera situada en algún punto entre Marsella y Nimes (eso espero, porque allí me dirijo, peo no las tengo todas conmigo, seguro que acabo en Zurich)
Me estoy comiendo un sandwich (no sé de qué porque viene en francés) con un trozo de tarta de manzana de postre (que es una cosa que a los franceses les queda muy rica) aunque acabo de descubrir un hormiguero que parece un piso patera, cuánto bicho por dios!, y que saque tienen, les he tirado un trozo de sandwich (a ver si ellas tienen menos paladar que yo) y lo han dejado fino. Hace veinte años habría meado en el agujero, pero ahora tengo una cana y estoy rodeado de niños.
Te contaría algo del vuelo, pero dormí como un inocente, cosa que no recordaba cómo se hacía, no me enteré ni del despegue.
Lo que sí te digo es que con estas rachas de viento y el dedal con ruedas que he alquilado en el aeropuerto, lo paso mal de carallo, hago el doble de kilómetros, porque voy de lado a lado.
Me encanta conducir, y para eso, Madrid me da todo lo que necesito: riesgo, adrenalina, insultos nuevos, gestos con los dedos y los brazos imposibles y la sensación de estar en un campo de fútbol de tercera regional y que hayan pitado penalti en contra, ni paint ball ni gaitas, eso sí que te deja nuevo. Me gusta ponerme de primero en los semáforos y cuando faltan unos segundos dejar avanzar un poco el coche para ver como todos los de alrededor se pican e intentan salir delante de mí. Lo más increíble que he visto en mi estancia en este terruño fue en un carril bus taxi, que como su nombre indica es para buses y taxis, además de motos, coches de policía (haya o no emergencia van por ahí, supongo que porque se consume menos, y las Olimpiadas hay que empezar a pagarlas. La otra opción es que tienen más cara que espalda), ambulancias y el Rey de España (a ver si tú tienes valor para multarlo). Como te digo, cerca de Cuatro Caminos (“Cuatroca” en la jerga madrileña, manda carallo) iba una ambulancia llevando a alguien, con sus luces, sus sirenas y toda la ornamentación. Lo que hizo que se me cayeran las bolsas de la compra y los pantalones a los tobillos, fue que la ambulancia llevaba detrás a un autobús dándole las largas y tocando la bocina ¡para que fuera más rápido!, y todo ello con el brazo por la ventanilla. Acojonante. Pero yo creo que ahora estaba en Francia, por dónde iba? Ah, sí.
Ya estoy en la hortera, pero con encanto, habitación del hotel. No tienen números, van por colores y, efectivamente, la mía es la rosa (me recuerda a Reservoir Dogs). Esto está lleno de piscinas iluminadas, precioso, pero con este viento tienen mierda para montar un negocio con delegaciones, me tiro yo ahí y sale Hulk, (cuánto limo).
Nimes bien, como siempre, es lo que tiene venir cuando están en fiestas, pero yo vengo a laborar, mira tú.
He cenado en un chiringuito costilla de toro con arroz, por eso no me voy a la cama, porque tengo miedo de morirme. Bueno, eso y que el campanario de al lado, precioso también, aunque iluminado en 5 colores que cambian (patada en la piedra angular de la arquitectura), toca cada siete minutos. Yo tampoco lo entiendo.
Ahora son las mil, te escribo en mi segunda noche (es que estoy muy liado, neno), desde el hotel al que conseguí llegar sin GPS como un machiño (está esto en los alrededores de la nada), oyendo en el coche una emisora francesa muy buena, U2, Queen, mucho rollo remember, aunque me metieron a Brian Adams a traición, que parece ser que el chaval lo estaba pasando mal por una chica, el pobre. Por cierto, ese hombre da conciertos? Porque oírlo 2 horas seguidas para que al final cante la de Robin Jú tiene cojones.
Me he puesto a ver partidas de póker en la tele (aquí un pareja de sietes es más que un trío de seises, tampoco esto lo entiendo yo). Por cierto, a mí eso de jugar con gafas de sol y gorrita me parece de rajados, y mira que me gusta jugar al póker. Te acuerdas cuando jugaste contra mí y mis colegas y al perder tuviste que bailar aquella canción vestido solo con un... Bueno, seguro que te acuerdas.
Antes de meterme en la cama, en el postrer zapeo (toma fusión), resulta que en Francia, a las 2:30 de la mañana echan “Érase una vez la vida”, casi me pongo a llorar de la emoción, aunque lo del horario no me queda claro del todo.
Hoy he currado mucho, y para celebrarlo, he cenado de primero confit de pato (que aquí creo que se dice canaard) y de segundo magret de pato, mientras sonaban tres veces seguidas los pasodobles “Paquito Chocolatero” y “Valencia” (En serio, qué le pasa a esta gente?)
En la comida, en el Cheval Blanc, me tocó al lado de una mesa de 12 jubilados de todo menos de pimplar botellas, toda la comida cantando... un dolor de cabeza horroroso.
Lo mejor fue cuando uno se levantó y le cantó a otro en español una canción muy de llorar que decía algo así como “Papá, te lo agradezco todo, en mis momentos de dolor, por tu apoyo y amor…” El otro viejo se echó a llorar y resultó que era el padre de verdad. Supongo que le dio pena ver a su hijo de sesenta y mucho hacer el ridículo de aquella manera, rodilla en tierra.
Ya te contaré qué tal el viaje de vuelta, aunque espero que no haya contratiempos ni vientos capaces de volcar el Titanic, que ahora estoy cansado.
Te dejo querido, esta vez te recomiendo, y mucho, a The Sweet Vandals, eso y que te laves los dientes mínimo tres veces al día.
Dani Rocha (que lo es)