DIECISiETE

Oh, magnánimo Pitoche!

Cómo te va? Yo, para no excederme luego, voy al lío. Estaba en Turquía mirando aquello.

Resulta que en Turquía todo está dedicado a Atatürk, primer presidente y fundador de la actual república (ejem, ejem!!). Por lo que se ve, el hombre este puso todo en orden y largó a los califas. A partir de ahí, Turquía creció hasta lo que es ahora (aunque la criatura muriera hace bastante tiempo). Se le venera con banderas, estatuas, homenajes varios y, para que veas hasta dónde llega el enganche, con el fondo de escritorio del ordenador de un bar de copas donde estuve de charleta con el pincha (de Ssspaña solo conocía a Estopa, suerte que le pasé cosas nuevas, si no, un potencial turista perdido). Te lo cuento porque me impresionó. En Ssspaña, desde que Emilio Aragón copaba la programación de Telecinco a principios de los noventa, no ha vuelto a haber nadie tan idolatrado. Me imagino a la madre del Atatürk este fardando con las vecinas "pues hoy el niño ha vuelto a salir en la tele, implantando un sistema fiscal coherente con el momento por el que pasa el país", y las vecinas, entre ellas, muertas de envidia, "sí, sí, pero le ha congelado la pensión a todos los jubilados, mira cómo tiene a su propia madre, que ni viene a verla con la excusa de reflotar la nación. La pobre todo el día comiendo kebab congelado y con esas raíces blancas en el pelo". A lo mejor nunca pasó, pero me gusta pensar que es así.

En Turquía la gente te ofrece té como muestra de bienvenida y recibimiento (o de ganarse la vida vendiendo té, allá cada uno con su motivación). Esto me alteraba un poquillo porque no suelo ingerir cafeína si no es con ron y un poco de limón exprimido y no sé decir que no a alguien que me ofrece algo de beber, pero no me asusto fácilmente. Ellos tampoco, porque entré en una tienda y había un viejo que temblaba como si Rajoy le explicase sus verdaderas intenciones y resultó que se ponía de té hasta que la mano le vibraba tanto que podría haber generado luz para toda Ankara.

Allí el personal te vende pitillos de picadura de tabaco por la calle. Es decir, te venden la mano de obra de liar el cigarro. Donde fueres, haz lo que vieres, así que me compré un pitillo de la calle (que no se parece en casi nada a esos "pitillos de la calle" que fumas tú y luego parece que tienes laser en los ojos) y me lo fumé al lado del Bósforo. Sabes que tengo costumbre de escupir en los principales ríos de las ciudades que voy a visitar. He escupido en el Támesis, el Sena, el Tíber, el Hudson, el Miño... Mi intención era escupir también en el Bósforo, pero gracias al pitillo de la calle, acabé vomitando en él dos veces. Qué mareo!! Eso me hizo ver, tras las dos vomitonas del avión, que igual era un viaje de los que vuelves con un vacío en tu interior. Y quise llenar ese vacío.

Cuando de niño vomitaba, mi madre me daba una manzanilla "para asentar el estómago" y una galleta para "tener algo dentro". En Turquía me tomaba carne sazonada que no necesitaba nevera ni insecticida (vi insectos morir a quince metros de pinchos morunos por la energía que irradiaba el mejunje rojo al que llaman adobo). El caso es que odio el picante, me niego a creer que potencie sabores, y sí creo que los oculta. Me encanta la comida turca, pero sigo cayendo en el truco de “esto no pica nada”. Me comí un... no sé qué coño era aquello, tío, pero picaba más que darle un beso a Indiana Jones con su barbita de cuatro días. Eso sí, tan rico que repetí. Si llegan a tener pila bautismal en las mezquitas me la hubiera bebido de la sed que me entró, pero no hubo suerte y tuve que beber zumo de granada.

Decidí traerme algún recuerdo guapo de allí y vi una tienda de tatuajes. Por suerte, como no había gente vendiendo latas de cerveza por la calle, desistí de la idea por excesiva y porque conservaba mi capacidad de observación. Vi una tienda en la que el tatuaje, directamente te lo hacían sin tinta. Usaban una aguja que te dejaba una infección en forma de tribal chulísima, con unos verdes, unos rojos y unos azules preciosos (para verlos había que apartar el pus). Acabé comprándome unas zapatillas de andar por casa.

También me dediqué a visitar mezquitas, en las que todos debíamos entrar descalzos y las mujeres, además, cubrirse la cabeza. En las mezquitas grandes, te daban una bolsa para que metieras tu calzado dentro y lo llevabas contigo. En las pequeñas te ponían un armario y lo dejabas ahí. En esas todos los ssspañoles cogíamos los zapatos y los llevábamos en la mano colgando, desconfiados perdidos. El que nace lechón muere cochino.

Tras tanto patear, decidí que era tiempo de dejar de ver y experimentar, así que me premié con un baño turco.

"Despelótese, póngase una toallita y cuando acabe, métase en la sauna". Nada más entrar, y por la manía de la toallita como único elemento pudoroso, le vi a uno que estaba sentado espatarrado las uvas de la ira en primer plano. Mal, tío, mal!

A veces, en Madrid voy al fisio y siempre me entretengo mirando sus diplomas. Mientras caía en la cuenta de que en el baño turco ningún colegio de médicos, asociación de colegiados o secta chamánica les había dado un puñetero permiso, llegó el "masajista". Me untó de jabón y me empezó a masajear con una mezcla de paliza, odio macerado y de haberme confundido con el díscolo desvirgador de su hermana, me lavó el pelo y me metió los dedos en la oreja para limpiármelas, literalmente. Me quedé tieso y pensé "si lo vuelve a hacer, le bajo un remo que lo vuelco". Acto seguido lo volvió a hacer. Sus yemas se tocaron en el centro de mi cráneo. Mi cabeza era como una espinilla pero de materia gris (eso se regenera, no? Porque si no, estoy jodido). Me rajé y no le dije nada. De hecho, nada más entrar, me preguntó mi nombre, le dije "Dani". "OK, Johnny", respondió él. A esas alturas pasé de quitarle del error por la soba que me estaba pegando, no quise enfadarlo. El masaje consistía en una mano de hostias para acabar relajado. Es como ver una peli de Garci de tres horas sobre un tío que sueña que duerme la siesta en pijama en la que al final saliera Mar Saura vestida de Catwoman (o desnuda de Catwoman) cantando el cumpleaños feliz a lo Marilyn. Merecería la pena, Pitoche? Merecería la pena? Pues sí, hombre, claro que sí!!!!!!. Salí nuevo. Eso sí, al salir empapado con mi toallita después de un baño en una piscina termal, en la que el hecho de que estuviéramos dos y el otro se quitara la toalla muy felino él, me hizo durar poco, me asaltó un turco mayor, gordo y con barba (no es que hubiera preferido a un turco joven, delgado y depilado), me sentó en un banco, me secó el pelo, me hizo un moño con una toalla y me puso otra por la espalda. Me abrazó mientras me frotaba la espalda y me mandó a cambiarme. Me fui saltando con los pies juntos, como mecanismo de defensa, más que nada.

Y como me quedé muy relajado, ya te seguiré contando otro día, que ahora voy a hacerme la cura de las orejas, que me siguen goteando las ideas.

Shau, shaval!

Dani Rocha (que lo es)

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