VEINTICUATRO

Hola, neno:

Qué tal? Yo bien. Te cuento, el otro día fui al mercado e hice una compra grande, yogures, embutidos, carne, fruta...

Luego fui a dar una vuelta, estuve jugando con mis sobrinos... Qué más? Ah! me llamaron para ofrecerme un curro y cinco días después me vine a trabajar a Arabia Saudí! Lo que me recuerda que toda la compra que hice la tengo que tirar, maldita sea mi suerte, copón!!!!!

Como te has quedado? Pues espera: voy a vivir un mes en Arabia Saudí y luego otro mes en Indonesia.

Estoy trabajando para una compañía que trae musulmanes desde Indonesia a Arabia Saudí para la peregrinación a La Meca, que toca en esta época.

Todo fue muy repentino y por eso no he tenido tiempo de preparar mucha logística.

Un par de reuniones para explicarme cómo iba a ser la historia por aquí, sacarme el carnet internacional de conducir y recuperarme de un virus estomacal que tuvo a bien pasarme mi sobrino mayor, que ya empezó la guardería y, oye, quería hacer notar que ya era grande. Qué noche vomitando, madre mía!!

Me vine después de que el día anterior me avisaran a las 20:30 de que salía al día siguiente a las 15:35. Hice la maleta (vaciar cajones enteros y Dios dirá), me subí a un avión destino El Cairo, esperé seis horas allí y me cogí un avión a Jeddah. Llegué hecho un cacho de carne, por cierto.

En el primer vuelo iba un poco mosqueado porque no tenía visado para entrar en Arabia Saudí, y son bastante serios con eso (acojona). La cosa empezó mal porque cuando repartieron la prensa la daban del día anterior, pero mira tú por donde, en el número atrasado, llevaban una entrevista de un español en Arabia hablando bien del país. Good feeling.

La comida era excelente. Me ofrecieron "beef or fish" (se ve que carne hay mucha y pez uno, esta gente no es gallega, evidentemente).

La beef estaba de coña, con una salsa riquísima y las patatitas no estaban reblandecidas, cosa que agradecí. El pan untado con mantequilla, cosa que solo como en aviones, me quedó muy rico y el postre era una tarta con crema de chocolate que era muy cremosa.

Para celebrar dicha cuchipanda (aunque la comí sin hablar con nadie), y como me lo ofrecieron, me tomé un café egipcio.

Creo que no voy a dormir hasta que acabe la crisis, menudo pelotazo! Creo que hay gente que se baja el subidón del café egipcio cargado a base de cocaína. Temblaba tanto que pensaron que era un móvil en vibración y preguntaron de quién era yo, que me pusieran en modo vuelo.

Una vez en el Cairo, conseguí llegar a la terminal de mi vuelo (dos autobuses, uno de ellos con las cortinas echadas, no podía ver el exterior y de oído me oriento fatal). Descubrí que van a otro ritmo. Resulta que se les había caído internet, y yo lo necesitaba para gestionar un télex con mi visa. Le pregunté a uno que andaba por allí si lo iban a arreglar en la próxima hora y se lo llevaron al botiquín de la mutua (alguien les tendrá que dar las bajas) porque le sentó mal el ataque de risa.

Los egipcios habrán montado lo de la primavera árabe a base de Twitter y Facebook, pero ya me explicarán a mí cómo carallo lo hicieron, porque en seis horas allí no hubo forma de conectarme a internet. Al final me metí en una oficina que tenía internet (el estropeado era el free wifi, que ya te oigo protestar) y conseguí un télex que, en teoría me dejaría entrar en Arabia.
Facturé y me subí a otro vuelo. Aprendí ahí que otro país es Portugal o Inglaterra. Esto es otro mundo. El avión iba lleno de hombres vestidos con una toalla a modo de faldón y otra en el torso enseñando el pechito en plan goloso. Resulta que son peregrinos que así comienzan un proceso de purificación.

Sobre la comida del avión (tema que siempre me apasionó, como sabes), me pusieron una ensalada con pimiento verde, rojo y amarillo con un trozo de lima. Aún me estoy riendo de que alguien pudiera pensar que yo iba a comer eso.

De segundo, pasta con carne. Estoy acostumbrado a que el marisco a veces traiga arenas, pero la pasta me cuesta más. Crujía mucho!

Tras mil historias para pasar la aduana, que ya te contaré, había un chófer con mi nombre en un cartelito (ahí supe que había llegado lejos en la vida) que me llevaría a mi hotel. Aquí conducen a lo bestia, de hecho una ambulancia con la sirena venía detrás de mí y no hubo forma de que nos pasara hasta tres minutos después, es más, le metimos doscientos metros de distancia a mayores durante un rato.

El chófer se tiró la media hora de trayecto peleando con un trozo de pollo tandoori (digo yo, porque era indio) que tenía alojado en una muela. Lo pasó fatal el pobre, masticó, chupó, chasqueó, lo frotó con la lengua… Al final optó por usar la uña del meñique, que es una cosa de mucha clase y distinción, el Duque de Windsor siempre la lleva, y hasta pulida de manicura. Me estaba poniendo tan histérico que me vino el hipo y se fue solo. Estuve por ofrecerle ayuda, pero como no soy de aquí, no sabía si se lo tomaría a bien. Además, viendo como conducía, no iba a parar y me imaginaba encaramado encima de él mientras abría la boca y yo gritando “ya lo veo, ya lo veo, dame más saliva” y el tío a 140 por hora en ciudad.

Te dejo por hoy, pero cuenta con que te voy a escribir mucho, querido, hay mucha tela que cortar (de momento la de mis camisas del uniforme, que me la han dado de manga larga, con un par).

Abrazos y cuidame el redil.

Shau, shaval!!

Dani Rocha (que lo es)

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